Me gustan las vespas, tengo una, incluso recibí en su día mi bautismo de fuego. No soy especialmente aficionado a las motos, ni siquiera creo que fuera capaz de montar en una porque me dan un poco de respeto, pero en cambio una Vespa es diferente. La sensación tan cómoda de conducción y su estabilidad me resulta familiar, una especie de “bicicleta que no cansa”.
Una de las pautas que caracterizan a los amigos de las vespas es que solemos ir por la calle fijandonos en todas las que nos encontramos, que no son pocas, poniendo especial interés en las clásicas. Llevo muchos años viendo en una avenida cercana a casa una vespa roja. Tiene su tiempo, pero no llega a ser de las clásicas. Pese a eso, le coge uno apego tras verla todos los días durante tanto tiempo, aparcada más o menos en el mismo lugar. Siempre ha estado algo descuidada en su aspecto externo, pero conociendolas seguro que su mecánica está perfecta.
Hace unas semanas hubo un incendio en mi calle, no llegué a verlo pero me enteré porque los bomberos tuvieron que cortar el suministro eléctrico por seguridad mientras duró la extinción. Iba yo días después el incidente por el lugar donde se supone que sucedió y me encontré con la vespa roja medio chamuscada. Le pilló junto al contenedor donde tuvo lugar el incendio y así acabó.
Parece que su dueño la ha dado por perdida, y es una pena. Ha estado allí unos días, pero ya no he vuelto a verla. Se la habrán llevado al desguace, pero tengo la esperanza de que alguien haya decidido restaurarla, como ha sucedido con tantas otras. En fin, no se, no es nada del otro mundo, ni siquiera era la mía ni una moto de un gran valor económico. Pese a todo eso, no pude evitar sentir caer sobre mí un jarro de agua fría cuando me la encontré así.




